Novela (capítulo 2)

La mujer abraza al hombre que la acompaña en la cama, quien aún duerme, y lo besa en el cuello. Ella tiene cuarenta años; él veintitantos. Lo ha conocido una semana atrás en el gimnasio, donde ella –y tal vez lo mismo él– suele hacer sus conquistas de ocasión.

Nadie acierta a atribuirle los cuarenta recién cumplidos, sino una década menos, generalmente. No ha tenido hijos ni sufrido privaciones, ha cuidado su cuerpo desde que recuerda, de manera que su belleza y su juventud parecen haberse congelado en los treinta, y esa edad le sienta muy bien.

Él remolonea. Es domingo y, a excepción de los sacerdotes y los conductores de ómnibus, trenes y aviones, nadie hace nada los domingos. Agnetta siente su estómago o sus intestinos crujir; ella también tiene hambre. No cenaron y la larga madrugada fue agotadoramente sexual.

Se vuelve y mira el reloj en la mesa de luz. El cenicero rebalsa de colillas de cigarrillos. Suspira y se levanta trabajosamente de la cama. La blanca luz del sol atraviesa las cortinas de lienzo blanco que cubren las ventanas de la habitación también blanca. Hay una reminiscencia del pasado en la escena; siempre la hay. Y estas situaciones llenas de blancura y satisfacción le producen un placer que no sabe y nunca supo definir. Algo limpio y fragante, supone.

La soledad, esa soledad le agrada; sobre todo el saber que cuando ya no lo quiera a su lado, él se habrá ido.

Se calza la bata semitransparente y va la cocina. Allí entreabre las cortinas de listones plásticos y ve por las rendijas el jardín completamente iluminado, refulgente de primavera. La calle está vacía y silenciosa. El clima cálido y límpido también le sienta bien; mejora el ánimo y la salud y ello repercute en su cuerpo esbelto y mejorado óptimamente –suelen señalarle– por ciertas cirugías localizadas: nariz y busto. Una sola vez y para siempre, se dijo al tomar la decisión, dos años atrás. Y así fue y será, se convence: nunca más volvió ni volverá a pisar un quirófano.

–¡Agnetta! –oye que Raúl la llama desde la habitación.

–Siiii.

–Qué haces.

–El desayuno.

–Voy a ayudarte.

–Te lo llevo en un minuto.

–Quiero ayudarte –insiste él desde la cama.

–Como prefieras.

Sonríe, satisfecha, y alista la cafetera.

Sabe, no obstante, de muchas que se lo han prometido y no pudieron cumplir; un par de amigas dijeron lo mismo: una vez y nunca más, y al año o poco más retornaron al cirujano plástico para retocar algún que otro detalle que sólo ellas veían en sus espejos. Pura paranoia. La belleza es pasajera, la juventud efímera. De cualquier manera, sólo la soledad perdura.

Una soledad que, sin embargo, tiene sus momentos balsámicos: Raúl rodeándola por detrás, besando suavemente su nuca, el cuello y la oreja, mientras ella dispone dos tazas de porcelana sobre la mesada de acero inoxidable y sonríe levemente aunque por dentro resuenan las risas por una feliz mañana de domingo.

–Me gustaría despertar siempre así –dice Raúl–, contigo. Cada día.

Agnetta se vuelve entre sus brazos y lo besa.

–Hum… No lo creo.

–Probémoslo.

–Ja. Qué cosa. ¿Convivir?

–Tal vez –repone él y menea la cabeza–. Por qué no.

–Porque no duraríamos dos semanas, Raúl.

–Oye, que tu optimismo hiere mi sensibilidad.

–Ya veremos.

–Okey, veremos.

–Por el momento déjame terminar de hacer el desayuno, que tengo hambre –le dice y se desprende de su abrazo dándole un leve empujón.

Va hasta la refrigerador, del otro lado de la gran cocina, y se queda frente al aparato de acero pulido un instante, pensando. Raúl, que ha seguido sus pasos con la vista, lo nota.

–Qué ocurre –pregunta.

Ella se vuelve y lo mira.

–Anoche no dijiste lo mismo…

Raúl frunce el seño.

–Qué dije anoche.

–Muchas cosas, entre ellas que no creías el amor.

–¡Por cierto que no creo en el amor!

–¿Entonces?

–Entonces qué.

–¿Cómo se puede sostener una pareja sin amor?

–Hum… Con permanente atracción sexual.

–Quien no cree en lo de permanente… soy yo.

El joven se abalanza sobre ella, la toma fuertemente por la cintura y besas sus labios, su cuello, sus mejillas y su mentón. Ella ríe. Raúl pretende quitarle la bata y acariciarle el cuerpo desnudo pero ella, en medio de risas y el simulacro de una lucha, se lo impide. Vuelve a empujarlo.

–Ya basta –suspira–; ahora no.

–Qué puedo hacer, entonces –reclama él, fingiendo indignación.

–Servir el café.

–Okey –exclama alzando los brazos–. Estoy condenado a ser un triste amo de casa.

–Conmigo, sí.

Ambos se vuelven: él hacia la mesada, donde lo esperan la cafetera eléctrica Phillips y ella hacia la refrigerador. Agnetta abre la puerta del portentoso electrodoméstico, más alto que ella y aún que Raúl, quien supera el metro ochenta y cinco, y se pone en cuclillas para alcanzar con la vista el sitio donde están el queso fundido, la manteca y la mermelada de frutillas. Ya paladea las tostadas embadurnadas.

Cuando estira el brazo para llegar al fondo del segundo estante de vidrio, oye el chirrido de neumáticos que llega desde la calle. Un segundo más tarde, cuando atina a echar un vistazo por encima del hombre, ve de espaldas a Raúl ante la mesada; con la mano derecha sostiene la jarra de café a medio llenar, a punto de cargar las tazas.

Una ráfaga de ametralladora hace trizas el vidrio y levanta los listones de la persiana. La misma que golpea a Raúl a la altura del pecho y sale por la espalda acompañada de una lluvia de gotas rojas que salpican a Agnetta. La ráfaga que se incrusta en el interior del refrigerador para hacer estallar algunas botellas y envases plásticos con alimentos. Idéntica a la que impacta en la jarra de café y la deshace en miles de pequeños cristales negros y marrones mientras aún está en manos de Raúl.

Él se derrumba estrepitosamente de espaldas sobre las baldosas, a menos de medio metro de donde a Agnetta se le doblan fláccidamente las rodillas para dejarse caer contra el refrigerador abierto. No siente el frío; sólo la helada electricidad que recorre su cuerpo, desde las extremidades hasta el cerebro, donde se asienta y la paraliza.

No grita ni mueve un solo músculo cuando ve el pecho destrozado de su amante. Aún parece apretar con fuerza el mango plástico de la jarra que se ha hecho añicos. Agnetta ya casi no respira al notar el rictus de la última y breve agonía.

Por alguna razón sabe, lo siente con total certeza, que Raúl nada tiene que ver y que esa ráfaga mortífera la tenía a ella como blanco.

Historia sin título aún…
Hasta el momento de escribir estas líneas,
se trata de una historia publicada en tiempo real,
semana tras semana –seguramente los domingos por la noche–,
mientras los capítulos se van escribiendo.
Capítulos que pueden ser modificados sin aviso previo.

Todavía no hay argumento definido.
Se irá perfilando con los capítulos sucesivos,
con los caprichos de los personajes
y tal vez con las sugerencias de sus lectores.
Incluso los nombres de los personajes son provisorios
(por defecto, reservo el del principal para el mío).

Sabemos, nada más, que puede ser un thriller o un policial negro,
un novela de género que, como se dijo, acepta sugerencias
(sólo pulsa en el título del capítulo y deja tu comentario)
pero no hace concesiones.

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