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Novela (capítulo 3)

El camarero, un autómata alto y rubio enfundado en traje marrón, se acerca a la mesa con una copa de champán que deja ante Mayares. Cortesía de la casa, anuncia con la misma pomposidad del paje presentando a una condesa. Agnetta tiene ante sí su martini dulce.

–Al poco rato llegó la policía, pero no creo que puedan hacer nada.

–Y aquí estoy yo…

–Eres el único policía honesto y eficiente que conozco, Gustavo.

Él sonríe lánguidamente.

–El único ex –subraya– policía que conoces.

–Además, a esta altura, desconfío de todo el mundo –insiste ella, haciendo caso omiso a la rectificación.

–¿Por qué crees que quieren matarte a ti y no que se trató de un ajuste de cuentas con ese… Raúl? –No hay mala intención en su pronunciación: sólo desprecio involuntario.

Ella duda.

–No sé. Pero tengo mucho miedo.

–Si no me cuentas todo, Agnetta, resultará inútil que estemos aquí…

Ella desliza la mano sobre el mantel y toma la de Mayares, que descansa al lado de la copa.

–Gustavo… Tenía que contárselo a alguien.

Él retira su mano a pesar de gozar, de un modo extraño, de la tibieza de la palma de su ex esposa. Ambos eran ex de algo y de alguien.

–¿¡Qué!? ¿Que tienes amantes de veinte años?

–No seas cruel conmigo, por favor. Es duro estar sola…

–Lo sé tanto y tan bien como tú –refuta–. O te crees que vivo en medio de un harem.

Agnetta agacha la cabeza, casi apoyando el mentón en el pecho. Inspira. Resopla.

–No vengo a recriminarte ni a que me recrimines nada, Gustavo. –Lo mira a los ojos antes de lanzar la súplica–: Necesito ayuda y eres la persona en quien más confío en este mundo…, nada más.

Los ojos… Si intuyó apenas verla que algo extraño hay en el rostro de Agnetta, una diferencia sustancial que de alguna manera la ha… mejorado –si eso es posible– estéticamente, Mayares descubre ahora, en ese brevísimo instante de miradas cruzadas, profundas, que sus ojos, sus pupilas negras, son las mismas. Que idéntico fuego anida en aquella oscuridad insondable que nunca pudo develar. Que allí, donde durante una década él trató infructuosamente de penetrar para hallar la cifra exacta de la vida, de su misterio, ella sigue siendo inescrutable.

Agnetta fue para él la vida misma… Si durante tres décadas de existencia más o menos consciente buscó la verdad, incluso al hacerse policía –como su padre–, sólo al conocerla comprendió que no podría hallarla sino en el alma insondable de esa mujer. Por eso y por aquella sonrisa cristalina y aquellas –estas– pupilas oscuras y penetrantes bajo el espejado cielo de una tarde de abril, dejó todo: padres que le eran casi indiferentes, la casa en Hurlingham y una profesión que había terminado por odiar tanto como a la injusticia de un mundo que se hundía en la podredumbre.

Para comenzar a vivir de veras; al menos hasta que todo se desplomara.

–¿Conoces a un tal Marchant –le pregunta para romper la hipnosis en la que se ha sumido por un minuto largo como una eternidad–, Sebastián Marchant?

–No que recuerde –responde ella–. ¿Por qué?

–No, por nada.

Breve silencio.

–Dijiste que no fue la única vez…

–No. –Angetta sorbe del martini–. Cuando ocurrió lo de mi casa, estaba segura de que querían matarme, que habían confundido su silueta en la ventana con la mía. Pero con el correr de los días también comencé a pensar en Raúl y en su pasado, del que nada conocía. Tal vez, me decía, tenía algunos asuntos pendientes…, aunque no entendía por qué el ataque había ocurrido allí. La policía decidió abordar el problema por ahí, según me indicaron; supongo que el miedo y eso me llevaron a pensar que la muerte de Raúl no era pura casualidad.

–Tal vez querían despistar –aventura él–. Cambian el escenario del crimen y confunden a quienes deben hallar el motivo. Ya sabes…

–Lo pensé –ella asiente–. En algún momento, a los pocos días, quise creerlo; lo creí… Hasta que hace un par de días volvió a suceder, Gustavo.

–Dime.

–Fue en la avenida Principal, no lejos de aquí. Volvía del museo en auto cuando otro vehículo se me cruzó y bajaron dos tipos… Era casi de madrugada y no había casi nadie en la calle. Sólo vi que estaban armados, estoy segura; pero enseguida que detuve el auto retrocedí y desaparecí del lugar velozmente, Gustavo, y no pude ver nada más. –Piensa–. Ni siquiera podría reconocerlos.

–¿Dispararon?

–No.

–Bueno –suspiré.

–Así confirmé que se trataba de mí.

–Claro, te entiendo.

–Y en cuanto me enteré que estabas en México, te llamé. Lo hubiera hecho de todos modos, pero me da gran tranquilidad que estés aquí –y sonríe.

Sonríe vagamente, como quien recuerda algo.

–El problema es que necesito más datos para comenzar por algún lado, Agnetta –dice y descubre que pronuncia su nombre por primera vez–, un sitio por dónde comenzar.

–¿Vas a quedarte algún tiempo? –pregunta ella.

–Supongo que sí, ahora.

–Por el dinero no te preocupes…

–Lo sé, lo sé. Igual trata de no ofenderme –repone él con cierto fastidio en el gesto.

–No lo tomes a mal, Gustavo, es que…

–Ya te dije que lo sé, por favor. Sólo dime si tienes alguna pista por dónde arrancar, ¿si?

Pausa que ella aprovecha para encender un cigarrillo. Le ofrece el paquete y él lo rechaza con un movimiento de cabeza.

–Estuve casada, ¿sabes?

¡Dios!, exclama interiormente Mayares. Si me alejé por eso, para no saber nada de ti, maldita sea.

Ella prosigue:

–Un año apenas, con un hombre que… –vacila–, a quien dejé cuando comencé a sospechar de sus negocios.

Claro: drogas.

–¿Drogas?

–Supongo que sí. No lo sé claramente, pero lo intuí y lo dejé. Parecía un buen hombre, ¿sabes? Educado, culto, aparentemente de una buena familia.

–Dime su nombre.

Mayares ha cambiado; su humor ha cambiado. Tiene demasiado por hoy: un joven veinteañero y un traficando son demasiado.

–Escucha…

–Dime su nombre, Agnetta –interrumpe y ordena en una misma frase.

–Juan Calderón… Quizá hayas oído su nombre últimamente: se presenta como candidato a alcalde en Juárez.

Agnetta le da detalles sobre Calderón (dónde vive, dónde trabaja) pero él casi no la escucha; solamente oye su voz lejana y sin melodía, como una canción cuya letra y música se lleva el viento. La voz del presente que comienza a borrar la del pasado… No ha probado el champán cortesía de la casa pero se siente mareado, embriagado por lo que ahora sabe y nunca quiso saber. ¡Si para eso me fui, maldita sea!, dice la voz interior una y otra vez.

De pronto se pone de pie para irse. Agnetta, acongojada, sigue sus movimientos.

–Haré lo que pueda –anuncia él.

Agnetta asiente con un movimiento de cabeza.

–¿Me acompañas hasta el auto? –pregunta seguidamente.

–Okey.

Mira la cuenta, saca un par de billetes de la cartera y los deja sobre el mantel blanco. Se pone de pie y ambos salen de La Rue. Marchant, recuerda Mayares al recibir el frescor de la calle oscura. Mira a un lado y a otro antes de comenzar el recorrido hasta el auto de Agnetta, estacionado a una calle del café. Él no deja de auscultar las penumbras.

–¿Estarás bien? –le pregunta.

–Estoy en lo de mi padre y casi no salgo.

–Bien. Trata de no salir.

Ella asciende al vehículo, baja la ventanilla y lo observa detenidamente.

–¿Tú?

–Qué.

–Cuídate.

–Ajá –asiente echando un vistazo a ambos lados de la calle–. Te tendré al tanto.

–Adiós.

–Adiós.

–Y gracias.

El auto arranca. Mayares lo sigue con la vista. Luego retrocede y cruza la puerta del café semivacío, pronto a cerrar, imagina. El hotel donde se aloja está a unas pocas calles pero decide hacer un camino de vuelta más largo o quizá tomar un taxi en la Principal, hacia donde se dirige presurosamente.

Mira el reloj. Piensa en Agnetta y en Calderón. Sacude la cabeza. Piensa en Calderón y en Marchant. Piensa en Agnetta, en Calderón y en Marchant. En Calderón y en Marchant. En Marchant. Y siente cierto resquemor intelectual o espiritual que algún descerebrado calificaría como culpa. La culpa, lo sabe, es cristiana y él ha dejado de serlo mucho tiempo atrás. Ya no cree; quizá nunca haya creído. Dios ha muerto.

Sin embargo, siente ese escozor en el espíritu, aunque no sabe si por Agnetta y su historia reciente, que preferiría ignorar; o por Marchant y sus pupilas desorbitadas cuando el proyectil penetró por el entrecejo, atravesó el cráneo y destrozó el cerebro para alojarse finalmente en la pared blanca.

No, no siente culpa porque, además, sabe que nadie podrá relacionarlo con él a menos que lo hayan visto. Nadie nunca podrá vincular el proyectil incrustado en el muro con el arma que él lleva en la sobaquera. Tiene dos, y la que carga esta noche no es la registrada.

Tampoco es que le moleste matar, mucho menos cuando se trata de salvar el propio pellejo. La ecuación es por demás simple: tú o él. Además, lo ha hecho quizá una docena de veces, todas en circunstancias extraordinarias. Obviamente, un hombre debe enfrentarse a algo extraordinario para acabar con la existencia ajena. Aunque también se corre el riesgo de que uno acabe acostumbrándose…

Con Marchant, no obstante, ha sido diferente.

Historia sin título aún…
Hasta el momento de escribir estas líneas,
se trata de una historia publicada en tiempo real,
semana tras semana –seguramente los domingos por la noche–,
mientras los capítulos se van escribiendo.
Capítulos que pueden ser modificados sin aviso previo.

Todavía no hay argumento definido.
Se irá perfilando con los capítulos sucesivos,
con los caprichos de los personajes
y tal vez con las sugerencias de sus lectores.
Incluso los nombres de los personajes son provisorios
(por defecto, reservo el del principal para el mío).

Sabemos, nada más, que puede ser un thriller o un policial negro,
un novela de género que, como se dijo, acepta sugerencias
(sólo pulsa en el título del capítulo y deja tu comentario)
pero no hace concesiones.

Novela (capítulo 2)

La mujer abraza al hombre que la acompaña en la cama, quien aún duerme, y lo besa en el cuello. Ella tiene cuarenta años; él veintitantos. Lo ha conocido una semana atrás en el gimnasio, donde ella –y tal vez lo mismo él– suele hacer sus conquistas de ocasión.

Nadie acierta a atribuirle los cuarenta recién cumplidos, sino una década menos, generalmente. No ha tenido hijos ni sufrido privaciones, ha cuidado su cuerpo desde que recuerda, de manera que su belleza y su juventud parecen haberse congelado en los treinta, y esa edad le sienta muy bien.

Él remolonea. Es domingo y, a excepción de los sacerdotes y los conductores de ómnibus, trenes y aviones, nadie hace nada los domingos. Agnetta siente su estómago o sus intestinos crujir; ella también tiene hambre. No cenaron y la larga madrugada fue agotadoramente sexual.

Se vuelve y mira el reloj en la mesa de luz. El cenicero rebalsa de colillas de cigarrillos. Suspira y se levanta trabajosamente de la cama. La blanca luz del sol atraviesa las cortinas de lienzo blanco que cubren las ventanas de la habitación también blanca. Hay una reminiscencia del pasado en la escena; siempre la hay. Y estas situaciones llenas de blancura y satisfacción le producen un placer que no sabe y nunca supo definir. Algo limpio y fragante, supone.

La soledad, esa soledad le agrada; sobre todo el saber que cuando ya no lo quiera a su lado, él se habrá ido.

Se calza la bata semitransparente y va la cocina. Allí entreabre las cortinas de listones plásticos y ve por las rendijas el jardín completamente iluminado, refulgente de primavera. La calle está vacía y silenciosa. El clima cálido y límpido también le sienta bien; mejora el ánimo y la salud y ello repercute en su cuerpo esbelto y mejorado óptimamente –suelen señalarle– por ciertas cirugías localizadas: nariz y busto. Una sola vez y para siempre, se dijo al tomar la decisión, dos años atrás. Y así fue y será, se convence: nunca más volvió ni volverá a pisar un quirófano.

–¡Agnetta! –oye que Raúl la llama desde la habitación.

–Siiii.

–Qué haces.

–El desayuno.

–Voy a ayudarte.

–Te lo llevo en un minuto.

–Quiero ayudarte –insiste él desde la cama.

–Como prefieras.

Sonríe, satisfecha, y alista la cafetera.

Sabe, no obstante, de muchas que se lo han prometido y no pudieron cumplir; un par de amigas dijeron lo mismo: una vez y nunca más, y al año o poco más retornaron al cirujano plástico para retocar algún que otro detalle que sólo ellas veían en sus espejos. Pura paranoia. La belleza es pasajera, la juventud efímera. De cualquier manera, sólo la soledad perdura.

Una soledad que, sin embargo, tiene sus momentos balsámicos: Raúl rodeándola por detrás, besando suavemente su nuca, el cuello y la oreja, mientras ella dispone dos tazas de porcelana sobre la mesada de acero inoxidable y sonríe levemente aunque por dentro resuenan las risas por una feliz mañana de domingo.

–Me gustaría despertar siempre así –dice Raúl–, contigo. Cada día.

Agnetta se vuelve entre sus brazos y lo besa.

–Hum… No lo creo.

–Probémoslo.

–Ja. Qué cosa. ¿Convivir?

–Tal vez –repone él y menea la cabeza–. Por qué no.

–Porque no duraríamos dos semanas, Raúl.

–Oye, que tu optimismo hiere mi sensibilidad.

–Ya veremos.

–Okey, veremos.

–Por el momento déjame terminar de hacer el desayuno, que tengo hambre –le dice y se desprende de su abrazo dándole un leve empujón.

Va hasta la refrigerador, del otro lado de la gran cocina, y se queda frente al aparato de acero pulido un instante, pensando. Raúl, que ha seguido sus pasos con la vista, lo nota.

–Qué ocurre –pregunta.

Ella se vuelve y lo mira.

–Anoche no dijiste lo mismo…

Raúl frunce el seño.

–Qué dije anoche.

–Muchas cosas, entre ellas que no creías el amor.

–¡Por cierto que no creo en el amor!

–¿Entonces?

–Entonces qué.

–¿Cómo se puede sostener una pareja sin amor?

–Hum… Con permanente atracción sexual.

–Quien no cree en lo de permanente… soy yo.

El joven se abalanza sobre ella, la toma fuertemente por la cintura y besas sus labios, su cuello, sus mejillas y su mentón. Ella ríe. Raúl pretende quitarle la bata y acariciarle el cuerpo desnudo pero ella, en medio de risas y el simulacro de una lucha, se lo impide. Vuelve a empujarlo.

–Ya basta –suspira–; ahora no.

–Qué puedo hacer, entonces –reclama él, fingiendo indignación.

–Servir el café.

–Okey –exclama alzando los brazos–. Estoy condenado a ser un triste amo de casa.

–Conmigo, sí.

Ambos se vuelven: él hacia la mesada, donde lo esperan la cafetera eléctrica Phillips y ella hacia la refrigerador. Agnetta abre la puerta del portentoso electrodoméstico, más alto que ella y aún que Raúl, quien supera el metro ochenta y cinco, y se pone en cuclillas para alcanzar con la vista el sitio donde están el queso fundido, la manteca y la mermelada de frutillas. Ya paladea las tostadas embadurnadas.

Cuando estira el brazo para llegar al fondo del segundo estante de vidrio, oye el chirrido de neumáticos que llega desde la calle. Un segundo más tarde, cuando atina a echar un vistazo por encima del hombre, ve de espaldas a Raúl ante la mesada; con la mano derecha sostiene la jarra de café a medio llenar, a punto de cargar las tazas.

Una ráfaga de ametralladora hace trizas el vidrio y levanta los listones de la persiana. La misma que golpea a Raúl a la altura del pecho y sale por la espalda acompañada de una lluvia de gotas rojas que salpican a Agnetta. La ráfaga que se incrusta en el interior del refrigerador para hacer estallar algunas botellas y envases plásticos con alimentos. Idéntica a la que impacta en la jarra de café y la deshace en miles de pequeños cristales negros y marrones mientras aún está en manos de Raúl.

Él se derrumba estrepitosamente de espaldas sobre las baldosas, a menos de medio metro de donde a Agnetta se le doblan fláccidamente las rodillas para dejarse caer contra el refrigerador abierto. No siente el frío; sólo la helada electricidad que recorre su cuerpo, desde las extremidades hasta el cerebro, donde se asienta y la paraliza.

No grita ni mueve un solo músculo cuando ve el pecho destrozado de su amante. Aún parece apretar con fuerza el mango plástico de la jarra que se ha hecho añicos. Agnetta ya casi no respira al notar el rictus de la última y breve agonía.

Por alguna razón sabe, lo siente con total certeza, que Raúl nada tiene que ver y que esa ráfaga mortífera la tenía a ella como blanco.

Historia sin título aún…
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mientras los capítulos se van escribiendo.
Capítulos que pueden ser modificados sin aviso previo.

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Se irá perfilando con los capítulos sucesivos,
con los caprichos de los personajes
y tal vez con las sugerencias de sus lectores.
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Novela (capítulo 1)

Se da media vuelta y apunta: directo entre los ojos, los párpados de Marchant abiertos como platos y las pupilas a punto de estallar por la sorpresa o el espanto; o ambos asuntos a la vez. Y, en fin, estallan cuando el balazo impacta en el entrecejo y sale como un rayo por el occipital con fragmentos de masa encefálica y cráneo que siguen a decenas o cientos de chispazos rojos.

Ni siquiera cierra los ojos; sólo se desploma sobre su propio eje, como a quien de pronto se le licuan los huesos de las piernas. Exánime.

Pero Mayares no alcanza a ver el final de la escena: cuando Marchant o lo que queda de él termina por derrumbarse, sale él mismo disparado en dirección contraria, hacia donde en principio se dirigía hasta que oyó los pasos. Aún antes de que la materia sanguinolenta arruine la pared blanca de la casa que tal vez mañana mismo su dueño deberá repintar, si es que nadie antes hace el trabajo de limpieza o la policía no lo impide para averiguar quién sabe qué cosa. Los policías tienden a darse importancia con esos asuntos.

Mayares lo sabe: él mismo, en similares circunstancias, se ha dado importancia alguna vez.

El caso es que corre cuanto puede y un buen lapso de tiempo, hasta que no da para más. Con los pulmones agobiados por la hiperventilación y las piernas a punto de aterirse, se detiene a un par de calles del café donde ha quedado en encontrarse con Agnetta. Apoya el culo en una pared, a refugio del farol amarillo, y se agacha apoyando las palmas de las manos en las radillas, buscando controlar y regular el ritmo cardíaco.

Enseguida mira a un lado y a otro de la calle; aguza el oído. Nada. Como cinco minutos más tarde sabe que nadie lo ha seguido, aunque no descarta que alguien, tal vez un vecino desde una ventana indiscreta, haya visto la escena. Confía, no obstante, en el discreto artilugio del silenciador. Por lo demás, las casualidades escapan –como siempre– a su control.

Una vez recuperado el ritmo acompasado y normal de la respiración, inhalar y exhalar como dios manda, camina las dos calles pendientes hasta el lugar de encuentro, sin dejar de prestar atención a cuanto ocurre alrededor; sobre todo, atrás. Sigue la nada. En algún momento, piensa, se oirán las sirenas.

Llega al café. Agnetta ha permanecido en silencio durante los últimos cinco años. Ella fue la mujer que amó y luego se transformó en su pesadilla… Un sueño oscuro y recurrente. La muerte repetida hasta el agobio, el cansancio. Una muerte que, como en casi todos los casos, no tiene vuelta atrás.

Sin embargo, ha regresado. Agnetta ha vuelto. Lo llamó a su teléfono móvil por la mañana planteándole la urgencia de verlo; la necesidad imperiosa de verlo y contarle algo extraordinario –dijo literalmente al teléfono– que le estaba ocurriendo y para lo cual necesitaba su ayuda.

–Adelántame algo. Ha pasado tanto tiempo… –balbuceó él, sin mucho más que decir.

Cinco años…

–Veámonos esta noche –repuso ella–, en el café La Rue, como a las 9.

–Okey. Si prefieres mantener el secreto…

–Lo prefiero.

La ve a través de la ventana; o su cabellera. La Rue es un pequeño café situado en los alrededores del centro de la ciudad con una característica particular: sus ventanas son pequeñas y, a excepción que uno mida cerca de dos metros o más, se hace difícil, casi imposible divisar un rostro, lo que facilita la privacidad para los parroquianos.

Aunque las rodillas siguen temblándole por la corrida, ingresa al salón. Allí hay poca gente: Agnetta, con su cabellera abundante, espumosa y rubia, y un par de parejas más que no parecen matrimonios sino partes individuales de esa institución sacrosanta que se han unido allí, en La Rue, tal vez no para romperla sino para sostenerla con lo que algunos dan en llamar aventura. A él no le importa sino Agnetta, a quien no ve desde cinco años atrás ni escucha desde esa mañana.

–Hola –saluda con una sonrisa leve al acercarse a la mesa.

–Hola –responde ella con otra sonrisa.

Una sonrisa reconocible pero que, para Mayares, ahora tiene algo de extraño, de desconocido, de singular.

Ninguno de los dos sabe qué hacer: si estrechar sus manos, abrazarse o darse un beso afectuoso o apasionado. Él imagina. Nada hacen, sin embargo. Mayares se sienta a la mesa y echa un vistazo alrededor, como buscando el camarero; se trata de un acto reflejo: nada quiere beber ni mucho menos comer. Ha cenado un sándwich y una cerveza negra en el restaurante del hotel antes de salir para la cita.

–Han intentado matarme –anuncia Agnetta sin otro preámbulo–. Y tengo miedo.

El rostro de Marchant se materializa sobre el vidrio de la reproducción de Monet que adorna la pared del café, al lado de la ventana pequeña que da a la calle, por donde ha visto hace un par de minutos la cabellera de la mujer ausente. Un segundo antes reflejaba su propio rostro; ahora el del hombre que unas cuantas calles atrás, unos cuantos minutos atrás, lo seguía arma mano, seguramente para matarlo.

–Cuéntame –dice.

–No se trata de un hecho aislado…

–Sólo cuéntame –insiste él, mientras mentalmente trata de relacionar a Marchant con Agnetta.

–La primera vez ocurrió el mes pasado, en casa –dice ella y se rectifica inmediatamente–: en mi casa.

Historia sin título aún…
Hasta el momento de escribir estas líneas,
se trata de una historia publicada en tiempo real,
semana tras semana –seguramente los domingos por la noche–,
mientras los capítulos se van escribiendo.
Capítulos que pueden ser modificados sin aviso previo.

Todavía no hay argumento definido.
Se irá perfilando con los capítulos sucesivos,
con los caprichos de los personajes
y tal vez con las sugerencias de sus lectores.
Incluso los nombres de los personajes son provisorios
(por defecto, reservo el del principal para el mío).

Sabemos, nada más, que puede ser un thriller o un policial negro,
un novela de género que, como se dijo, acepta sugerencias
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