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El expresionismo o cómo narrar el instante previo a la destrucción

Surgido como reacción al impresionismo que había dominado mayormente la plástica y otras formas del arte durante la segunda mitad decimonónica, pero sobre todo como intensa respuesta a las preguntas que surgían de la soledad y el vértigo individual y humano que producían “la muerte de dios” –simbólicamente hablando–, es en los albores del siglo XX que irrumpe el expresionismo en la escena de la cultura europea.

Así y especialmente en Alemania, surge esta corriente que desde ángulos y posiciones heterogéneas busca nuevos lenguajes artísticos para expresar las dimensiones de la imaginación del mundo ‘moderno’ en el viejo mundo del nuevo siglo, con sus maravillas pero, sobre todo, con la latencia de aniquilación de la que ha surgido.

Ya no se trata de plasmar la realidad, de dejar impresión de ella, sino de expresar lo que el artista siente frente a esa realidad, frente a ese mundo que deja definitivamente atrás un siglo de avances, de esperanzas científicas y sociales, de positivismo, de confianza plena en un feliz e inexorable destino humano. Por el contrario, la civilización presenta claros augurios de caos y destrucción; augurios que, por cierto, se verían plasmados en la Primera Guerra Mundial.

Fue el escritor y poeta austríaco Theodor Däubler (1876-1934) quien de alguna manera fundó esta corriente con el poema épico La aurora boreal (Das Nordlicht), publicado en 1910, llegando incluso a definirla: “Se dice que cuando un hombre está a punto de ser ahorcado vuelve a vivir toda su vida en el último instante. Eso solo puede ser expresionismo”. Nos hallamos, pues, ante el crepúsculo y el artista debe dar cuenta de él.

Para ello se vale de “motivos en torno a lo profundo, lo oscuro, lo trepidante, que varían de lo armónico a la disonancia más estrepitosa, así como la nostalgia, la melancolía, la velocidad, la destrucción, el despertar. Es frecuente, pues, encontrar fusión entre muerte y vida/amor, fin y comienzo, crepúsculo vespertino y matutino”, como advierte la traductora y especialista en literatura alemana Carmen Gómez García.

En 1916, Vladimir Lenin publicaba El imperialismo, caracterizando el inicio –hacia finales del siglo anterior y agudizándose por aquellos primeros años del XX– de la etapa decadente, retrógada del capitalismo, que deja atrás todo progresismo que pudiera atribuírsele a ese sistema de relaciones sociales. Estamos ante la senilidad de un sistema y, por ende, ante la emergencia de la destrucción, por lo cual ve “toda su vida en el último instante”. El expresionismo da dimensión artística a idéntico concepto.

En novelas como La metamorfosis (Die Verwandlung, 1915) y El proceso (Der Prozeß, 1925), es Franz Kafka (1883-1924) quien resume simbólica y acabadamente la soledad y aun la desesperación del individuo moderno y urbano ante su propia alienación e impotencia en un mundo laberíntico donde todo lo que se creía lineal, sólido e imperecedero, comienza a desmoronarse.

“¿Qué me ha ocurrido?”, se pregunta un desconcertado Gregorio Samsa al descubrirse convertido de repente en un monstruoso y gigantesco insecto; qué ha pasado con Josef K, quien “fue detenido una mañana sin haber hecho nada malo” para ingresar a un laberinto judicial del que no podrá salir indemne…

La literatura y la plástica, claro está, pero también el teatro y muy especialmente el cine –la forma artística por excelencia del nuevo siglo– dan cuenta de esa especie de sopor existencial que requiere, como se dijo, de nuevas formas que expresen la sustancialidad del nuevo contenido. Es también en Alemania donde se produce su apogeo y su caída.

Friedrich Wilhelm Murnau con sus Nosferatu (1922) y Fausto (1926). Fritz Lang con La muerte cansada o Las tres luces (Der müde Tod, 1921), narrando la lucha entre el amor y la muerte; con la archiconocida Metrópolis (1926), y hasta con M, el vampiro de Düsseldorf (M, 1931). Georg Wilhelm Pabst, en Bajo la máscara del placer (1925). Y aun antes que ellos, el semiolvidado Karlheinz Martin (1886-1948), realizador de la maravillosa Del alba a la medianoche (Von Morgens bis Mitternacht, 1920).

Esta última es una película tan expresionista, estéticamente tan revulsiva, tan revolucionaria en el uso de la técnica cinematográfica que no halló lugar para su proyección en Alemania sino hasta dos años más tarde, cuando se llevó a cabo un preestreno para la prensa en Münich; en diciembre del 22 recién logró exhibirse comercialmente, en Tokyo, con opiniones favorables de los colegas japoneses del director alemán.

Basada en la obra de teatro homónima de Georg Kaiser (1878-1945), Del alba a la medianoche narra la historia del cajero de un banco de una pequeña ciudad alemana que se deja seducir por el poder del dinero al conocer a una rica dama italiana; así desfalca 60.000 marcos y se marcha a la capital, donde intenta encontrar placer en el amor, la política, el deporte y la religión…

Aunque prácticamente desconocida para el gran público, esta particularísima película es considerada una de las más representativas del expresionismo; de hecho, la crítica especializada suele ponerla a la altura de otros clásicos como El gabinete del Dr. Caligari (Das Cabinet des Dr. Caligari, 1920), de Robert Wiene (1873-1938), y las ya mencionadas Nosferatu y Metrópolis.

Junín de los Andes: un pueblo en el paraíso

Muy temprano del lunes 29 agosto pasado, partimos de Gaiman junto a mi hermano Edgardo y Pamela, su pareja, hacia Junín de los Andes; así, durante una decena de horas y por la ruta 25, atravesamos transversalmente buena parte de la estepa chubutense, un enorme desierto apenas habitado por el frío viento de finales de invierno.

Tras una parada técnica en la localidad chubutense de El Hoyo, por fin ingresamos al Neuquén, haciendo antes breves pero ilustrativas recorridas por El Bolsón y Bariloche, donde la cordillera de los Andes comenzó a mostrarnos su majestuosidad tras las aguas del Nahuel Huapi. Debo decir que la ciudad elegida por los estudiantes secundarios para hacer sus viajes de fin de curso no me impresionó demasiado.

Siguiendo la interminable 40 llegamos a San Martín de los Andes. Los paisajes –plural porque a cada cientos de metros cambian, se modifican– de montañas y de bosques que le sirven de entorno a la ruta y a esa localidad neuquina netamente turística, son apabullantes por su hermosura e inmensidad.

En mi primer viaje a la región andina, me sentí verdaderamente conmovido y hasta intimidado por la belleza circundante, en la que a cada instante uno quiere detenerse y caminarla, tocarla, sentir con pies, manos y todos los sentidos esa maravillosa creación de la naturaleza, como si se tratase de un sueño placentero.

El paraíso al que un ateo como yo puede aspirar…

Mi segunda gratísima impresión en San Martín la causó el lago Lácar, limitado por montañas aún nevadas y teñidas del incipiente verde de los pinares. El casco céntrico de la localidad en sí misma no es más –ni menos– que un gran shopping a cielo abierto levantado a base de madera, piedra y vidrio, que bien podría haber diseñado Walt Disney, con todo el artificio alpino (sí, alpino) que eso conlleva. Con todo y a pesar de todo, un lugar de ensueño.

Seguimos viaje y, al fin, llegamos a destino: Junín de los Andes, en la precordillera andina, donde viven Edgar y Pamela. Allí nos instalamos en la cabaña de Alejandro, cuñado de mi hermano, quien nos prestó su propia casa para instalarnos cómodamente. A nadie extrañe: los juninenses, según descubrí en pocos días, son así cuando les toca ser anfitriones.

Junín es un pueblo con todo lo bueno que este sustantivo representa: gente unida por el trabajo, la solidaridad y la camaradería como pocas veces he visto y sentido; como los Sánchez, encabezados por Lolo y Dora –suegros de mi hermano–, los mejores anfitriones que un viajero puede desear.

También puede uno entrar en contacto con el pueblo mapuche y su cultura, sus creencias vinculadas a la tierra y, sobre todo, su devoción por la increíble araucaria, cuyos piñones –según dice la leyenda– logró salvarlos de una hambruna catastrófica.

Y, encima, rodeado por suaves serranías boscosas y por el paisaje cordillerano a pocos kilómetros de distancia, hasta donde la vista alcanza.

Mención especial merece el río Chimehuín, que bordea el pueblo hacia el Este y al que no me cansé ni creo que me canse nunca de bordear en una mañana soleada. Me dicen que cualquier época es buena para tomar mate en sus orillas y que en verano, cuando las temperaturas superan los 30 grados, se convierte en arbolado balneario que chicos y grandes aprovechan al bañarse en sus cristalinas y correntosas aguas.

Desde Junín, mi hermano nos hizo conocer distintos parajes ubicados a no más de una hora en auto –en el peor de los casos–, en los que volví a solazarme con la belleza agreste y, en algunos casos, nevada del alucinante paisaje que reina en el Parque Nacional Lanin, o con el Camino de los Siete Lagos, el Valle Encantado o el cerro Chapelco, donde nos sorprendió una agradable nevisca.

Aunque no está enclavado en plena cordillera, a pesar de que en la ciudad no hay mucho que ver más que sus tranquilas calles, la Plaza San Martín, sus numeras ferias artesanales, el decepcionante Museo Municipal Mapuche (un puñado de fósiles mal presentados) y las montañas en relativa lejanía, si bien carece de un centro de esquí –como algún amante de este deporte podría pretender–, Junín de los Andes es un lugar digno de visitar y, sobre todo por sus gentes, de vivir.

Publicado en Diarioregistrado.com

Gaiman: un apacible valle galés en la estepa patagónica

Gracias a mi hermano Edgardo, a fines de agosto de 2016 tuve el placer de hacer un largo viaje por el sur argentino que incluyó, en primer término, la localidad de Gaiman, en Chubut, donde vive otro de mis hermanos, Guille. Allí celebramos su cumpleaños y el de su hija Ángeles.

Fundada en 1865, los primeros 153 galeses arribaron a la región a bordo del reconvertido velero Mimosa, en el sector de Punta Cuevas, desde donde –según cuentan los memorabilistas locales– enseguida hicieron ‘buenas migas’ con el pueblo aborigen del lugar, mayormente tehuelches, cuyos descendientes también viven hoy en la zona.

Gaiman es –como puede observarse en el vídeo que ilustra esta breve nota– una localidad apacible cuya vida social se centra mayormente en los hogares de las familias de origen galés que todavía habitan el lugar, de ahí las calles semivacías que brindan un ambiente silencioso y tranquilo, barrido por la brisa seca que mueve serenamente los arbustos y las copas de los árboles.

El trabajo en las chacras agrícola-ganaderas que se levantan en los alrededores del casco urbano es la principal fuente de sustento de sus vecinos, donde se cultivan hortalizas y se crían ovejas y corderos destinados a la venta y al consumo. Famoso es en todo el mundo, como se sabe, el cordero patagónico, que tuve la suerte de ‘devorar’ en la casa de los Evans, suegros de mi hermano Guille.

Ubicada en el valle inferior del río Chubut, que la atraviesa, y a unos 15 kilómetros al oeste de Trelew, es ideal para estar allí un fin de semana con el objetivo de recorrerla casi en tu totalidad, como paso previo –por ejemplo– hacia Puerto Madryn, donde un mar inmaculadamente azul espera al viajero.

Es tiempo suficiente para ascender a los cerros que rodean a esta localidad de unos 4 mil habitantes, apenas, para observar desde distintos puntos y en panorámica el caserío; y probar –además del delicioso cordero– el té y la también famosa torta galesa en alguna de las casas que abundan; o visitar Museo Regional Galés, en la vieja estación del Ferrocarril Patagónico, y el Museo Antropológico.

En Gaiman se mantienen todavía las costumbres y tradiciones de los colonos galeses llegados a la Patagonia a mediados del siglo XIX; de hecho, todos los años vienen de Gales turistas y estudiosos para escuchar hablar, de primera mano –o boca–, el galés original que muy pocos hablan en el país de origen.

¿Lo malo de Gaiman? Sacando que no es recomendada para quien busque ‘ruido’ nocturno/diurno, el verano, ya que –según me contaron– las temperaturas pueden superar los 30 grados pero no hay un sitio donde mojarse los pies, ya que el río Chubut no tiene balneario y, al parecer, no lo puede tener… Para remojadas refrescantes hay que ir directo a Madryn.

Un finde largo de finales de invierno o primavera parece ser el momento ideal para pegarse una vueltita por este paraje ubicado a 1.370 kilómetros de Buenos Aires.

Publicado el 16/09/16 en Diarioregistrado.com

San Martín de los Andes y alrededores

Como ya anuncié en un posteo anterior, gracias a mi hermano Edgardo, a fines de agosto pasado hicimos junto a mi mamá un largo viaje por el sur argentino que incluyó, en primer término, la localidad de Gaiman, en Chubut, donde vive otro de mis hermanos, Guille. Allí celebramos su cumpleaños y el de su hija Ángeles.

Luego atravesamos transversalmente parte de la estepa patagónica para conocer Junín de los Andes (donde vive Edgar) y San Martín de los Andes, incluyendo otras grandes y pequeñas localidades del Neuquén y paisajes andinos a los que, sin lugar a dudas, puedo definir como el paraíso al que un ateo como yo puede aspirar…

Estas imágenes corresponden a varios sitios que fuimos recorriendo desde Junín, donde paramos gracias a Pamela –pareja de mi hermano Edgardo– y a su familia (especialmente su hermano Alejandro, que nos prestó su propia casa, y sus padres Lolo y Dora), en alguna ocasión persiguiendo literalmente la nieve, en los alrededores de San Martín y el lago Lácar, como Chapelco y ese río maravilloso –del que no recuerdo el nombre– donde gozamos de una breve pero intensa nevisca.

De la zona y de sus paisajes ya he dicho lo necesario (reitero: un paraíso) y de la localidad de San Martín diré que me agradó hasta donde puede agradar una población levantada exclusivamente para el turismo, con ese marcado aire alpino en las faldas de la cordillera de los Andes. Bella como si la hubiera diseñado Disney y cara como todo gran negocio turístico. Imagino que es un lugar soñado para visitar pero no tanto para vivir y trabajar…

En fin: el Parque Nacional Lanin es ese edén terrenal que todos soñamos y merece varias visitas y recorridas ya que, por un lado, es casi inabordable de una sola vez y, por otro, ofrece diferentes paisajes y vistas de acuerdo a la época en que lo visites: en invierno, postales de una blancura enceguecedora y, en verano, puede que (trataré de comprobarlo próximamente) un verdor deslumbrante; en otoño quizá se vea una gama infinita de marrones y ocres y en primavera un arco iris de flores y brotes.

Un paseo por Gaiman

Gracias a mi hermano Edgardo, a fines de agosto pasado tuve el placer de hacer un largo viaje por el sur argentino que incluyó, en primer término, la localidad de Gaiman, en Chubut, donde vive otro de mis hermanos, Guille. Allí celebramos su cumpleaños y el de su hija Ángeles.

Estas son algunas imágenes que capté de ese amable y tranquilo pueblo atravesado por el río Chubut, fundado por galeses y aún habitado mayoritariamente por sus descendientes, quienes conservan algunas de las más antiguas tradiciones originadas en Gales.

Luego crucé parte de la estepa patagónica, a través de Chubut, para conocer Junín de los Andes (donde vive Edgar) y San Martín de los Andes, incluyendo otras grandes y pequeñas localidades del Neuquén y paisajes andinos a los que, sin lugar a dudas, puedo definir como el paraíso al que un ateo como yo puede aspirar…

Pero esto último merecerá otro pequeño vídeo.