Novela (capítulo 1)

Se da media vuelta y apunta: directo entre los ojos, los párpados de Marchant abiertos como platos y las pupilas a punto de estallar por la sorpresa o el espanto; o ambos asuntos a la vez. Y, en fin, estallan cuando el balazo impacta en el entrecejo y sale como un rayo por el occipital con fragmentos de masa encefálica y cráneo que siguen a decenas o cientos de chispazos rojos.

Ni siquiera cierra los ojos; sólo se desploma sobre su propio eje, como a quien de pronto se le licuan los huesos de las piernas. Exánime.

Pero Mayares no alcanza a ver el final de la escena: cuando Marchant o lo que queda de él termina por derrumbarse, sale él mismo disparado en dirección contraria, hacia donde en principio se dirigía hasta que oyó los pasos. Aún antes de que la materia sanguinolenta arruine la pared blanca de la casa que tal vez mañana mismo su dueño deberá repintar, si es que nadie antes hace el trabajo de limpieza o la policía no lo impide para averiguar quién sabe qué cosa. Los policías tienden a darse importancia con esos asuntos.

Mayares lo sabe: él mismo, en similares circunstancias, se ha dado importancia alguna vez.

El caso es que corre cuanto puede y un buen lapso de tiempo, hasta que no da para más. Con los pulmones agobiados por la hiperventilación y las piernas a punto de aterirse, se detiene a un par de calles del café donde ha quedado en encontrarse con Agnetta. Apoya el culo en una pared, a refugio del farol amarillo, y se agacha apoyando las palmas de las manos en las radillas, buscando controlar y regular el ritmo cardíaco.

Enseguida mira a un lado y a otro de la calle; aguza el oído. Nada. Como cinco minutos más tarde sabe que nadie lo ha seguido, aunque no descarta que alguien, tal vez un vecino desde una ventana indiscreta, haya visto la escena. Confía, no obstante, en el discreto artilugio del silenciador. Por lo demás, las casualidades escapan –como siempre– a su control.

Una vez recuperado el ritmo acompasado y normal de la respiración, inhalar y exhalar como dios manda, camina las dos calles pendientes hasta el lugar de encuentro, sin dejar de prestar atención a cuanto ocurre alrededor; sobre todo, atrás. Sigue la nada. En algún momento, piensa, se oirán las sirenas.

Llega al café. Agnetta ha permanecido en silencio durante los últimos cinco años. Ella fue la mujer que amó y luego se transformó en su pesadilla… Un sueño oscuro y recurrente. La muerte repetida hasta el agobio, el cansancio. Una muerte que, como en casi todos los casos, no tiene vuelta atrás.

Sin embargo, ha regresado. Agnetta ha vuelto. Lo llamó a su teléfono móvil por la mañana planteándole la urgencia de verlo; la necesidad imperiosa de verlo y contarle algo extraordinario –dijo literalmente al teléfono– que le estaba ocurriendo y para lo cual necesitaba su ayuda.

–Adelántame algo. Ha pasado tanto tiempo… –balbuceó él, sin mucho más que decir.

Cinco años…

–Veámonos esta noche –repuso ella–, en el café La Rue, como a las 9.

–Okey. Si prefieres mantener el secreto…

–Lo prefiero.

La ve a través de la ventana; o su cabellera. La Rue es un pequeño café situado en los alrededores del centro de la ciudad con una característica particular: sus ventanas son pequeñas y, a excepción que uno mida cerca de dos metros o más, se hace difícil, casi imposible divisar un rostro, lo que facilita la privacidad para los parroquianos.

Aunque las rodillas siguen temblándole por la corrida, ingresa al salón. Allí hay poca gente: Agnetta, con su cabellera abundante, espumosa y rubia, y un par de parejas más que no parecen matrimonios sino partes individuales de esa institución sacrosanta que se han unido allí, en La Rue, tal vez no para romperla sino para sostenerla con lo que algunos dan en llamar aventura. A él no le importa sino Agnetta, a quien no ve desde cinco años atrás ni escucha desde esa mañana.

–Hola –saluda con una sonrisa leve al acercarse a la mesa.

–Hola –responde ella con otra sonrisa.

Una sonrisa reconocible pero que, para Mayares, ahora tiene algo de extraño, de desconocido, de singular.

Ninguno de los dos sabe qué hacer: si estrechar sus manos, abrazarse o darse un beso afectuoso o apasionado. Él imagina. Nada hacen, sin embargo. Mayares se sienta a la mesa y echa un vistazo alrededor, como buscando el camarero; se trata de un acto reflejo: nada quiere beber ni mucho menos comer. Ha cenado un sándwich y una cerveza negra en el restaurante del hotel antes de salir para la cita.

–Han intentado matarme –anuncia Agnetta sin otro preámbulo–. Y tengo miedo.

El rostro de Marchant se materializa sobre el vidrio de la reproducción de Monet que adorna la pared del café, al lado de la ventana pequeña que da a la calle, por donde ha visto hace un par de minutos la cabellera de la mujer ausente. Un segundo antes reflejaba su propio rostro; ahora el del hombre que unas cuantas calles atrás, unos cuantos minutos atrás, lo seguía arma mano, seguramente para matarlo.

–Cuéntame –dice.

–No se trata de un hecho aislado…

–Sólo cuéntame –insiste él, mientras mentalmente trata de relacionar a Marchant con Agnetta.

–La primera vez ocurrió el mes pasado, en casa –dice ella y se rectifica inmediatamente–: en mi casa.

Historia sin título aún…
Hasta el momento de escribir estas líneas,
se trata de una historia publicada en tiempo real,
semana tras semana –seguramente los domingos por la noche–,
mientras los capítulos se van escribiendo.
Capítulos que pueden ser modificados sin aviso previo.

Todavía no hay argumento definido.
Se irá perfilando con los capítulos sucesivos,
con los caprichos de los personajes
y tal vez con las sugerencias de sus lectores.
Incluso los nombres de los personajes son provisorios
(por defecto, reservo el del principal para el mío).

Sabemos, nada más, que puede ser un thriller o un policial negro,
un novela de género que, como se dijo, acepta sugerencias
(sólo pulsa en el título del capítulo y deja tu comentario)
pero no hace concesiones.

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