Archivos mensuales: Noviembre 2016

Victoria de Trump, progresía aterrada y reacción popular

Digámoslo de entrada, para evitar malas interpretaciones: Donald Trump tiene un despreciable discurso xenófobo, racista y sexista, de características fascistoides, y su elección como 45º presidente de los Estados Unidos encarna la descomposición general de la clase que gobierna a ese país.

No obstante, vale advertir que, si bien contradictoriamente, los 59,5 millones de votos obtenidos por este republicano de 70 años (unos 250 mil MENOS que Hillary Clinton) expresan también el descontento popular ante la administración Obama, en particular, y ante la clase dirigente yanki, en general.

Esa clase ha descargado sistemáticamente la crisis que atraviesa el país –y, por extensión, al mundo– sobre las espaldas del conjunto de los trabajadores, congelando salarios y aumentando la desocupación, sobre todo entre la juventud.

Donald Trump con la bandera

Así, el voto a Trump puede calificarse como un sufragio ‘antisistema’ porque, a pesar de de lo afirmado en el primer párrafo, lo votaron decenas de millones de asalariados, mujeres y varones, negros y latinos; incluidos, según algunos analistas, aquellos que en las primarias votaron a Bernie Sanders  y se negaron a obedecer la orden del líder del ala ‘socialista’ de los demócratas, cuando llamó a votar a Clinton para evitar “el mal mayor”.

Dicho lo cual, posemos la atención momentánea sobre la despavorida reacción ante el triunfo electoral del magnate entre quienes consideran a los demócratas norteamericanos como “de izquierdas” o mínimamente progresistas y convocaron sin pudor alguno a votar –a la distancia– por Hilaria.

Estamos hablando de la progresía culta y bienpensante –incluídos muchos intelectuales– que, sea a través de los medios o de las redes sociales, hoy manifiesta su espanto ante la poco menos que increíble elección cometida por buena parte de la ciudadanía norteamericana, de la que no esperaban semejante desaguisado político electoral.

La misma progresía que llama “fascista” a Trump por su discurso fascistoide, en efecto, pero que no se atreve, ni por asomo, a hacer lo mismo con Obama por sus HECHOS: recordar las invasiones e intervenciones político-militares en Irak, Pakistán, Yemen, Somalia, Libia, Venezuela, Palestina…

Si todavía parece perdurar en su interior esa llamita que la inflamó cuando fue elegido el primer presidente negro. ¡Oh, sanctum sanctorum racial! De hecho, recordemos de paso, fue la misma –sino la sueca– que le otorgó temprana e inopinadamente el Nobel de la Paz…

Protestas anti Trump en Estados Unidos

Pero la elección de Trump ha servido como una especie de catalizador del descontento general ante la clase dominante y gobernante y lo ha disparado a las calles de una manera concreta: con protestas en todo país, sobre todo en las regiones y ciudades más industrializadas, lo cual ha generado alarma entre propios y extraños.

Tanto es así que la propia Clinton, que supo sembrar miedo ante el triunfo de su oponente, ahora reclama al pueblo estadounidense que dé “una oportunidad” a Trump.

Es decir, llama a la desmovilización de aquellos que la votaron, lo cual desarma cualquier oposición a un eventual avance del millonario desde los dichos hasta los hechos, abriendo las puertas a medidas ya declaradamente fascistas por parte de la gestión que se iniciará el 20 de enero próximo. Es que, como cualquiera sabe, los ‘demócratas’ no temen tanto al fascismo como a un pueblo movilizado…

Por éso, sólo esperemos que a Hilaria nadie en su sano juicio le haga caso.

J.R. Moehringer

El bar de las grandes esperanzas: la historia de J.R. Moehringer que huele a clásico

El bar de las grandes esperanzas de J.R. Moehringer“Una novela que solo se sostiene por el argumento y en una forma archiconocida, esa novela se acabó; se va a seguir haciendo ese tipo de novelas y por muchísimos años, pero esa novela ya está acabada”, decía en los 80 el gran Roberto Bolaño, quien exploró otras formas y otros medios no argumentativos de construir una novela.

Sin embargo, este tipo de novelas clásicas, decimonónicas y hasta lineales, que tanto aborrecían al chileno –y como él mismo anticipó–, siguen escribiéndose, publicándose y disfrutándose, porque ¿a quién no le gusta que le narren una buena historia de un modo más o menos lineal?

Este es el caso de El bar de las grandes esperanzas, del neoyorquino J.R. Moehringer (1964), escritor y periodista que ha obtenido el Pulitzer en 2000 y ganado fama internacional gracias a Open, biografía del tenista estadounidense Andre Agassi.

Fue gracias a ese éxito mundial, más o menos impensado o inesperado, si se quiere, que en español Duomo decidiera publicar la historia decimonónica y lineal que al parecer a Moehringer le llevó años, tal vez décadas, quizá toda una vida escribir, y que apareció originalmente en 2005: The Tender Bar, traducida con buen tino por Juanjo Estrella con el mencionado y excelente título.

Tironeado entre los abuelos maternos, su abnegada madre y el bar ubicado en el centro paradigmático de Manhasset (barrio real donde Francis Scott Fitzgerald ubicó la mansión de su Jay Gatsby), J.R. –o JR, sin puntos, según su predilección– lleva adelante una casi desesperada búsqueda ante la ausencia casi innata del padre, sólo reconocible en su voz de locutor radial.

La búsqueda de la masculinidad, de lo masculino en lo cual identificarse y reconocerse, pues, es el eje principal sobre el que Moehringer construye esta encantadora y apasionada historia; linealmente y de punta a punta: desde la infancia hasta su adultez definitiva de JR, cuando al fin la encuentra tras algunas traumáticas pero necesarias experiencias.

El bar de las grandes esperanzas es un homenaje a la narrativa y a las palabras. Ese bar con nombre particular, Dickens/Publicans, es el sitio donde poetas, policías, apostadores, soldados, boxeadores, estrellas de cine, especuladores de Wall Street y hasta algún vago, tienen una historia que contar. Y es allí donde el desorientado JR halla un oriente o, al menos, una forma de nombrarlo y, por ende, de narrarlo.

En esta novela no pasa otra cosa que la vida y, en ese sentido, Moehringer es el mejor heredero posible del gran John Irving; más que del Scott Fitzgerald del barrio en común, porque nuestro autor no pretende escribir la ya mítica ‘gran novela americana’ sino la historia íntima y honesta, como tantas otras, sobre las cuales se levanta lo cotidiano, la vida misma.

En este libro pasa la vida de un chico neoyorquino de clase media-baja que cada día alimenta la esperanza propia y la de su familia para frustrarla al siguiente, jornada tras jornada, sea por decisión propia, en algún momento y de algún modo patológica, o por imperio de las circunstancias. Pero allí, a poco más de cien pasos, como consuelo, como placebo, siempre está el bar…

Demos gracias a Bolaño, que dio por muerta la novela clásica, pues eso le permitió escribir genialidades; y demos gracias que, como el chileno advirtió, la novela clásica sigue escribiéndose para que podamos fascinarnos con ellas como lo haría Schariar. Y volvamos a dar gracias porque de otro modo no hubiéramos tenido la ocasión de leer a un narrador conmovedor como J.R. Moehringer.