Archivos mensuales: octubre 2016

El expresionismo o cómo narrar el instante previo a la destrucción

Surgido como reacción al impresionismo que había dominado mayormente la plástica y otras formas del arte durante la segunda mitad decimonónica, pero sobre todo como intensa respuesta a las preguntas que surgían de la soledad y el vértigo individual y humano que producían “la muerte de dios” –simbólicamente hablando–, es en los albores del siglo XX que irrumpe el expresionismo en la escena de la cultura europea.

Así y especialmente en Alemania, surge esta corriente que desde ángulos y posiciones heterogéneas busca nuevos lenguajes artísticos para expresar las dimensiones de la imaginación del mundo ‘moderno’ en el viejo mundo del nuevo siglo, con sus maravillas pero, sobre todo, con la latencia de aniquilación de la que ha surgido.

Ya no se trata de plasmar la realidad, de dejar impresión de ella, sino de expresar lo que el artista siente frente a esa realidad, frente a ese mundo que deja definitivamente atrás un siglo de avances, de esperanzas científicas y sociales, de positivismo, de confianza plena en un feliz e inexorable destino humano. Por el contrario, la civilización presenta claros augurios de caos y destrucción; augurios que, por cierto, se verían plasmados en la Primera Guerra Mundial.

Fue el escritor y poeta austríaco Theodor Däubler (1876-1934) quien de alguna manera fundó esta corriente con el poema épico La aurora boreal (Das Nordlicht), publicado en 1910, llegando incluso a definirla: “Se dice que cuando un hombre está a punto de ser ahorcado vuelve a vivir toda su vida en el último instante. Eso solo puede ser expresionismo”. Nos hallamos, pues, ante el crepúsculo y el artista debe dar cuenta de él.

Para ello se vale de “motivos en torno a lo profundo, lo oscuro, lo trepidante, que varían de lo armónico a la disonancia más estrepitosa, así como la nostalgia, la melancolía, la velocidad, la destrucción, el despertar. Es frecuente, pues, encontrar fusión entre muerte y vida/amor, fin y comienzo, crepúsculo vespertino y matutino”, como advierte la traductora y especialista en literatura alemana Carmen Gómez García.

En 1916, Vladimir Lenin publicaba El imperialismo, caracterizando el inicio –hacia finales del siglo anterior y agudizándose por aquellos primeros años del XX– de la etapa decadente, retrógada del capitalismo, que deja atrás todo progresismo que pudiera atribuírsele a ese sistema de relaciones sociales. Estamos ante la senilidad de un sistema y, por ende, ante la emergencia de la destrucción, por lo cual ve “toda su vida en el último instante”. El expresionismo da dimensión artística a idéntico concepto.

En novelas como La metamorfosis (Die Verwandlung, 1915) y El proceso (Der Prozeß, 1925), es Franz Kafka (1883-1924) quien resume simbólica y acabadamente la soledad y aun la desesperación del individuo moderno y urbano ante su propia alienación e impotencia en un mundo laberíntico donde todo lo que se creía lineal, sólido e imperecedero, comienza a desmoronarse.

“¿Qué me ha ocurrido?”, se pregunta un desconcertado Gregorio Samsa al descubrirse convertido de repente en un monstruoso y gigantesco insecto; qué ha pasado con Josef K, quien “fue detenido una mañana sin haber hecho nada malo” para ingresar a un laberinto judicial del que no podrá salir indemne…

La literatura y la plástica, claro está, pero también el teatro y muy especialmente el cine –la forma artística por excelencia del nuevo siglo– dan cuenta de esa especie de sopor existencial que requiere, como se dijo, de nuevas formas que expresen la sustancialidad del nuevo contenido. Es también en Alemania donde se produce su apogeo y su caída.

Friedrich Wilhelm Murnau con sus Nosferatu (1922) y Fausto (1926). Fritz Lang con La muerte cansada o Las tres luces (Der müde Tod, 1921), narrando la lucha entre el amor y la muerte; con la archiconocida Metrópolis (1926), y hasta con M, el vampiro de Düsseldorf (M, 1931). Georg Wilhelm Pabst, en Bajo la máscara del placer (1925). Y aun antes que ellos, el semiolvidado Karlheinz Martin (1886-1948), realizador de la maravillosa Del alba a la medianoche (Von Morgens bis Mitternacht, 1920).

Esta última es una película tan expresionista, estéticamente tan revulsiva, tan revolucionaria en el uso de la técnica cinematográfica que no halló lugar para su proyección en Alemania sino hasta dos años más tarde, cuando se llevó a cabo un preestreno para la prensa en Münich; en diciembre del 22 recién logró exhibirse comercialmente, en Tokyo, con opiniones favorables de los colegas japoneses del director alemán.

Basada en la obra de teatro homónima de Georg Kaiser (1878-1945), Del alba a la medianoche narra la historia del cajero de un banco de una pequeña ciudad alemana que se deja seducir por el poder del dinero al conocer a una rica dama italiana; así desfalca 60.000 marcos y se marcha a la capital, donde intenta encontrar placer en el amor, la política, el deporte y la religión…

Aunque prácticamente desconocida para el gran público, esta particularísima película es considerada una de las más representativas del expresionismo; de hecho, la crítica especializada suele ponerla a la altura de otros clásicos como El gabinete del Dr. Caligari (Das Cabinet des Dr. Caligari, 1920), de Robert Wiene (1873-1938), y las ya mencionadas Nosferatu y Metrópolis.

El Nobel de Literatura para Bob Dylan desata la polémica

Bob Dylan

Entregárselo “a quien hubiera producido en el campo de la literatura la obra más destacada, en la dirección ideal”, testamentó Alfred Nobel una parte de la inmensa fortuna que le produjo la dinamita para destinarla al premio de literatura que llevaría su nombre y apellido desde 1901, cuando lo ganó el francés Sully Prudhomme.

De los nueve que le siguieron en la primera década del siglo pasado, al final de la cual falleció el gran León Tolstoi sin haber obtenido semejante reconocimiento, solo recordamos al Rudyard Kipling… El resto, incluido Prudhomme, ha pasado a un (¿merecido?) ostracismo.

Tratándose de uno de los dos Nobel más ‘populares’ (junto al devaluado de la Paz, otorgado a tipos como Barack Obama y Shimon Peres, virtuales criminales de guerra) y, como el mencionado entre paréntesis, que se entrega a partir de parámetros subjetivos y simbólicos, a nadie debe extrañar que este año se le haya obsequiado al compositor e intérprete norteamericano Bob Dylan.

Me gusta Dylan (un poco más Thomas, que no lo ganó), pero lo que hace Bob no es literatura, como tampoco la hacía la galardonada el año pasado, la bielorrusa Svetlana Alexievich. Estamos ante uno de los más grandes letristas del siglo XX, casi un revolucionario en el género, pero no debería alcanzar para ganar un premio literario como tampoco podría para otro destinado al ensayo, si hablamos de palabras unidas unas con las otras.

No obstante, la vocera de la Svenska Akademien destacó al hacer el anuncio este jueves que el jurado había valorado a Bob Dylan por “haber creado nuevas expresiones poéticas dentro de la gran tradición de la canción estadounidense”.

Es probable que en los próximos meses alguna editorial publique finalmente un merecido volumen con todas las letras del músico de 75 años, cuyo último trabajo apareció este año y se titula Fallen Angels; pero hasta el momento de escribir este breve artículo no conocemos acabadamente las “nuevas expresiones poéticas” de Dylan ya que sus letras las admiramos y disfrutamos en la música que compone.

Letras y acordes unidos: música, no literatura. (Ni siquiera pueden considerarse a tal fin dos volúmenes escritos por él y publicados como Tarántula y Crónicas. Volumen 1, amago de autobiografía que no continuó.)

Tal vez tengamos que ir entendiendo que, además de premiar autores que han pasado al cesto de basura de los tiempos, en más de un siglo la Academia Sueca no haya premiado a esta sumaria, aleatoria e inacabada lista de escritores que seguimos y seguiremos leyendo probablemente en los siglos venideros:

Aparecen en el vídeo E.M. Forster (1879-1970), Jorge Luis Borges (1899-1986), Rainer Maria Rilke (1875-1926), Carlos Fuentes (1928-2012), Vladimir Nabokov (1899-1977), James Joyce (1882-1941), Virginia Woolf (1882-1941), Miguel Delibes (1920-2010), León Tolstoi (1828-1910), Graham Greene (1904-1991), Marcel Proust (1871-1922), Arthur Miller (1915-2005), Mark Twain (1835-1910), Roberto Bolaño (1953-2003), Paul Valery (1871-1945), D.H. Lawrence (1885-1930), Máximo Gorki (1868-1936), Henry Miller (1891-1980), Aldous Huxley (1894-1963), Fernando Pessoa (1888-1935), Antón Chejov (1860-1904), Sylvia Plath (1932-1963), John Dos Passos (1896-1970), Joseph Conrad (1857-1924), Federico García Lorca (1898-1936), Henrik Ibsen (1828-1906), Benito Pérez Galdós (1843-1920), Edith Wharton (1862-1937), John Updike (1932-2009), Italo Calvino (1923-1985), Rubén Darío (1867-1916), George Orwell (1903-1950), Yukio Mishima (1925-1970), Felisberto Hernández (1902-1964), Eugene Ionesco (1912-1994), Alejo Carpentier (1904-1980), Clarice Lispector (1920-1977), Ray Bradbury (1920-2012), Juan Rulfo (1917-1986) y Marguerite Yourcenar (1903-1987).