Victoria de Trump, progresía aterrada y reacción popular

Digámoslo de entrada, para evitar malas interpretaciones: Donald Trump tiene un despreciable discurso xenófobo, racista y sexista, de características fascistoides, y su elección como 45º presidente de los Estados Unidos encarna la descomposición general de la clase que gobierna a ese país.

No obstante, vale advertir que, si bien contradictoriamente, los 59,5 millones de votos obtenidos por este republicano de 70 años (unos 250 mil MENOS que Hillary Clinton) expresan también el descontento popular ante la administración Obama, en particular, y ante la clase dirigente yanki, en general.

Esa clase ha descargado sistemáticamente la crisis que atraviesa el país –y, por extensión, al mundo– sobre las espaldas del conjunto de los trabajadores, congelando salarios y aumentando la desocupación, sobre todo entre la juventud.

Donald Trump con la bandera

Así, el voto a Trump puede calificarse como un sufragio ‘antisistema’ porque, a pesar de de lo afirmado en el primer párrafo, lo votaron decenas de millones de asalariados, mujeres y varones, negros y latinos; incluidos, según algunos analistas, aquellos que en las primarias votaron a Bernie Sanders  y se negaron a obedecer la orden del líder del ala ‘socialista’ de los demócratas, cuando llamó a votar a Clinton para evitar “el mal mayor”.

Dicho lo cual, posemos la atención momentánea sobre la despavorida reacción ante el triunfo electoral del magnate entre quienes consideran a los demócratas norteamericanos como “de izquierdas” o mínimamente progresistas y convocaron sin pudor alguno a votar –a la distancia– por Hilaria.

Estamos hablando de la progresía culta y bienpensante –incluídos muchos intelectuales– que, sea a través de los medios o de las redes sociales, hoy manifiesta su espanto ante la poco menos que increíble elección cometida por buena parte de la ciudadanía norteamericana, de la que no esperaban semejante desaguisado político electoral.

La misma progresía que llama “fascista” a Trump por su discurso fascistoide, en efecto, pero que no se atreve, ni por asomo, a hacer lo mismo con Obama por sus HECHOS: recordar las invasiones e intervenciones político-militares en Irak, Pakistán, Yemen, Somalia, Libia, Venezuela, Palestina…

Si todavía parece perdurar en su interior esa llamita que la inflamó cuando fue elegido el primer presidente negro. ¡Oh, sanctum sanctorum racial! De hecho, recordemos de paso, fue la misma –sino la sueca– que le otorgó temprana e inopinadamente el Nobel de la Paz…

Protestas anti Trump en Estados Unidos

Pero la elección de Trump ha servido como una especie de catalizador del descontento general ante la clase dominante y gobernante y lo ha disparado a las calles de una manera concreta: con protestas en todo país, sobre todo en las regiones y ciudades más industrializadas, lo cual ha generado alarma entre propios y extraños.

Tanto es así que la propia Clinton, que supo sembrar miedo ante el triunfo de su oponente, ahora reclama al pueblo estadounidense que dé “una oportunidad” a Trump.

Es decir, llama a la desmovilización de aquellos que la votaron, lo cual desarma cualquier oposición a un eventual avance del millonario desde los dichos hasta los hechos, abriendo las puertas a medidas ya declaradamente fascistas por parte de la gestión que se iniciará el 20 de enero próximo. Es que, como cualquiera sabe, los ‘demócratas’ no temen tanto al fascismo como a un pueblo movilizado…

Por éso, sólo esperemos que a Hilaria nadie en su sano juicio le haga caso.

J.R. Moehringer

El bar de las grandes esperanzas: la historia de J.R. Moehringer que huele a clásico

El bar de las grandes esperanzas de J.R. Moehringer“Una novela que solo se sostiene por el argumento y en una forma archiconocida, esa novela se acabó; se va a seguir haciendo ese tipo de novelas y por muchísimos años, pero esa novela ya está acabada”, decía en los 80 el gran Roberto Bolaño, quien exploró otras formas y otros medios no argumentativos de construir una novela.

Sin embargo, este tipo de novelas clásicas, decimonónicas y hasta lineales, que tanto aborrecían al chileno –y como él mismo anticipó–, siguen escribiéndose, publicándose y disfrutándose, porque ¿a quién no le gusta que le narren una buena historia de un modo más o menos lineal?

Este es el caso de El bar de las grandes esperanzas, del neoyorquino J.R. Moehringer (1964), escritor y periodista que ha obtenido el Pulitzer en 2000 y ganado fama internacional gracias a Open, biografía del tenista estadounidense Andre Agassi.

Fue gracias a ese éxito mundial, más o menos impensado o inesperado, si se quiere, que en español Duomo decidiera publicar la historia decimonónica y lineal que al parecer a Moehringer le llevó años, tal vez décadas, quizá toda una vida escribir, y que apareció originalmente en 2005: The Tender Bar, traducida con buen tino por Juanjo Estrella con el mencionado y excelente título.

Tironeado entre los abuelos maternos, su abnegada madre y el bar ubicado en el centro paradigmático de Manhasset (barrio real donde Francis Scott Fitzgerald ubicó la mansión de su Jay Gatsby), J.R. –o JR, sin puntos, según su predilección– lleva adelante una casi desesperada búsqueda ante la ausencia casi innata del padre, sólo reconocible en su voz de locutor radial.

La búsqueda de la masculinidad, de lo masculino en lo cual identificarse y reconocerse, pues, es el eje principal sobre el que Moehringer construye esta encantadora y apasionada historia; linealmente y de punta a punta: desde la infancia hasta su adultez definitiva de JR, cuando al fin la encuentra tras algunas traumáticas pero necesarias experiencias.

El bar de las grandes esperanzas es un homenaje a la narrativa y a las palabras. Ese bar con nombre particular, Dickens/Publicans, es el sitio donde poetas, policías, apostadores, soldados, boxeadores, estrellas de cine, especuladores de Wall Street y hasta algún vago, tienen una historia que contar. Y es allí donde el desorientado JR halla un oriente o, al menos, una forma de nombrarlo y, por ende, de narrarlo.

En esta novela no pasa otra cosa que la vida y, en ese sentido, Moehringer es el mejor heredero posible del gran John Irving; más que del Scott Fitzgerald del barrio en común, porque nuestro autor no pretende escribir la ya mítica ‘gran novela americana’ sino la historia íntima y honesta, como tantas otras, sobre las cuales se levanta lo cotidiano, la vida misma.

En este libro pasa la vida de un chico neoyorquino de clase media-baja que cada día alimenta la esperanza propia y la de su familia para frustrarla al siguiente, jornada tras jornada, sea por decisión propia, en algún momento y de algún modo patológica, o por imperio de las circunstancias. Pero allí, a poco más de cien pasos, como consuelo, como placebo, siempre está el bar…

Demos gracias a Bolaño, que dio por muerta la novela clásica, pues eso le permitió escribir genialidades; y demos gracias que, como el chileno advirtió, la novela clásica sigue escribiéndose para que podamos fascinarnos con ellas como lo haría Schariar. Y volvamos a dar gracias porque de otro modo no hubiéramos tenido la ocasión de leer a un narrador conmovedor como J.R. Moehringer.

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El expresionismo o cómo narrar el instante previo a la destrucción

Surgido como reacción al impresionismo que había dominado mayormente la plástica y otras formas del arte durante la segunda mitad decimonónica, pero sobre todo como intensa respuesta a las preguntas que surgían de la soledad y el vértigo individual y humano que producían “la muerte de dios” –simbólicamente hablando–, es en los albores del siglo XX que irrumpe el expresionismo en la escena de la cultura europea.

Así y especialmente en Alemania, surge esta corriente que desde ángulos y posiciones heterogéneas busca nuevos lenguajes artísticos para expresar las dimensiones de la imaginación del mundo ‘moderno’ en el viejo mundo del nuevo siglo, con sus maravillas pero, sobre todo, con la latencia de aniquilación de la que ha surgido.

Ya no se trata de plasmar la realidad, de dejar impresión de ella, sino de expresar lo que el artista siente frente a esa realidad, frente a ese mundo que deja definitivamente atrás un siglo de avances, de esperanzas científicas y sociales, de positivismo, de confianza plena en un feliz e inexorable destino humano. Por el contrario, la civilización presenta claros augurios de caos y destrucción; augurios que, por cierto, se verían plasmados en la Primera Guerra Mundial.

Fue el escritor y poeta austríaco Theodor Däubler (1876-1934) quien de alguna manera fundó esta corriente con el poema épico La aurora boreal (Das Nordlicht), publicado en 1910, llegando incluso a definirla: “Se dice que cuando un hombre está a punto de ser ahorcado vuelve a vivir toda su vida en el último instante. Eso solo puede ser expresionismo”. Nos hallamos, pues, ante el crepúsculo y el artista debe dar cuenta de él.

Para ello se vale de “motivos en torno a lo profundo, lo oscuro, lo trepidante, que varían de lo armónico a la disonancia más estrepitosa, así como la nostalgia, la melancolía, la velocidad, la destrucción, el despertar. Es frecuente, pues, encontrar fusión entre muerte y vida/amor, fin y comienzo, crepúsculo vespertino y matutino”, como advierte la traductora y especialista en literatura alemana Carmen Gómez García.

En 1916, Vladimir Lenin publicaba El imperialismo, caracterizando el inicio –hacia finales del siglo anterior y agudizándose por aquellos primeros años del XX– de la etapa decadente, retrógada del capitalismo, que deja atrás todo progresismo que pudiera atribuírsele a ese sistema de relaciones sociales. Estamos ante la senilidad de un sistema y, por ende, ante la emergencia de la destrucción, por lo cual ve “toda su vida en el último instante”. El expresionismo da dimensión artística a idéntico concepto.

En novelas como La metamorfosis (Die Verwandlung, 1915) y El proceso (Der Prozeß, 1925), es Franz Kafka (1883-1924) quien resume simbólica y acabadamente la soledad y aun la desesperación del individuo moderno y urbano ante su propia alienación e impotencia en un mundo laberíntico donde todo lo que se creía lineal, sólido e imperecedero, comienza a desmoronarse.

“¿Qué me ha ocurrido?”, se pregunta un desconcertado Gregorio Samsa al descubrirse convertido de repente en un monstruoso y gigantesco insecto; qué ha pasado con Josef K, quien “fue detenido una mañana sin haber hecho nada malo” para ingresar a un laberinto judicial del que no podrá salir indemne…

La literatura y la plástica, claro está, pero también el teatro y muy especialmente el cine –la forma artística por excelencia del nuevo siglo– dan cuenta de esa especie de sopor existencial que requiere, como se dijo, de nuevas formas que expresen la sustancialidad del nuevo contenido. Es también en Alemania donde se produce su apogeo y su caída.

Friedrich Wilhelm Murnau con sus Nosferatu (1922) y Fausto (1926). Fritz Lang con La muerte cansada o Las tres luces (Der müde Tod, 1921), narrando la lucha entre el amor y la muerte; con la archiconocida Metrópolis (1926), y hasta con M, el vampiro de Düsseldorf (M, 1931). Georg Wilhelm Pabst, en Bajo la máscara del placer (1925). Y aun antes que ellos, el semiolvidado Karlheinz Martin (1886-1948), realizador de la maravillosa Del alba a la medianoche (Von Morgens bis Mitternacht, 1920).

Esta última es una película tan expresionista, estéticamente tan revulsiva, tan revolucionaria en el uso de la técnica cinematográfica que no halló lugar para su proyección en Alemania sino hasta dos años más tarde, cuando se llevó a cabo un preestreno para la prensa en Münich; en diciembre del 22 recién logró exhibirse comercialmente, en Tokyo, con opiniones favorables de los colegas japoneses del director alemán.

Basada en la obra de teatro homónima de Georg Kaiser (1878-1945), Del alba a la medianoche narra la historia del cajero de un banco de una pequeña ciudad alemana que se deja seducir por el poder del dinero al conocer a una rica dama italiana; así desfalca 60.000 marcos y se marcha a la capital, donde intenta encontrar placer en el amor, la política, el deporte y la religión…

Aunque prácticamente desconocida para el gran público, esta particularísima película es considerada una de las más representativas del expresionismo; de hecho, la crítica especializada suele ponerla a la altura de otros clásicos como El gabinete del Dr. Caligari (Das Cabinet des Dr. Caligari, 1920), de Robert Wiene (1873-1938), y las ya mencionadas Nosferatu y Metrópolis.

El Nobel de Literatura para Bob Dylan desata la polémica

Bob Dylan

Entregárselo “a quien hubiera producido en el campo de la literatura la obra más destacada, en la dirección ideal”, testamentó Alfred Nobel una parte de la inmensa fortuna que le produjo la dinamita para destinarla al premio de literatura que llevaría su nombre y apellido desde 1901, cuando lo ganó el francés Sully Prudhomme.

De los nueve que le siguieron en la primera década del siglo pasado, al final de la cual falleció el gran León Tolstoi sin haber obtenido semejante reconocimiento, solo recordamos al Rudyard Kipling… El resto, incluido Prudhomme, ha pasado a un (¿merecido?) ostracismo.

Tratándose de uno de los dos Nobel más ‘populares’ (junto al devaluado de la Paz, otorgado a tipos como Barack Obama y Shimon Peres, virtuales criminales de guerra) y, como el mencionado entre paréntesis, que se entrega a partir de parámetros subjetivos y simbólicos, a nadie debe extrañar que este año se le haya obsequiado al compositor e intérprete norteamericano Bob Dylan.

Me gusta Dylan (un poco más Thomas, que no lo ganó), pero lo que hace Bob no es literatura, como tampoco la hacía la galardonada el año pasado, la bielorrusa Svetlana Alexievich. Estamos ante uno de los más grandes letristas del siglo XX, casi un revolucionario en el género, pero no debería alcanzar para ganar un premio literario como tampoco podría para otro destinado al ensayo, si hablamos de palabras unidas unas con las otras.

No obstante, la vocera de la Svenska Akademien destacó al hacer el anuncio este jueves que el jurado había valorado a Bob Dylan por “haber creado nuevas expresiones poéticas dentro de la gran tradición de la canción estadounidense”.

Es probable que en los próximos meses alguna editorial publique finalmente un merecido volumen con todas las letras del músico de 75 años, cuyo último trabajo apareció este año y se titula Fallen Angels; pero hasta el momento de escribir este breve artículo no conocemos acabadamente las “nuevas expresiones poéticas” de Dylan ya que sus letras las admiramos y disfrutamos en la música que compone.

Letras y acordes unidos: música, no literatura. (Ni siquiera pueden considerarse a tal fin dos volúmenes escritos por él y publicados como Tarántula y Crónicas. Volumen 1, amago de autobiografía que no continuó.)

Tal vez tengamos que ir entendiendo que, además de premiar autores que han pasado al cesto de basura de los tiempos, en más de un siglo la Academia Sueca no haya premiado a esta sumaria, aleatoria e inacabada lista de escritores que seguimos y seguiremos leyendo probablemente en los siglos venideros:

Aparecen en el vídeo E.M. Forster (1879-1970), Jorge Luis Borges (1899-1986), Rainer Maria Rilke (1875-1926), Carlos Fuentes (1928-2012), Vladimir Nabokov (1899-1977), James Joyce (1882-1941), Virginia Woolf (1882-1941), Miguel Delibes (1920-2010), León Tolstoi (1828-1910), Graham Greene (1904-1991), Marcel Proust (1871-1922), Arthur Miller (1915-2005), Mark Twain (1835-1910), Roberto Bolaño (1953-2003), Paul Valery (1871-1945), D.H. Lawrence (1885-1930), Máximo Gorki (1868-1936), Henry Miller (1891-1980), Aldous Huxley (1894-1963), Fernando Pessoa (1888-1935), Antón Chejov (1860-1904), Sylvia Plath (1932-1963), John Dos Passos (1896-1970), Joseph Conrad (1857-1924), Federico García Lorca (1898-1936), Henrik Ibsen (1828-1906), Benito Pérez Galdós (1843-1920), Edith Wharton (1862-1937), John Updike (1932-2009), Italo Calvino (1923-1985), Rubén Darío (1867-1916), George Orwell (1903-1950), Yukio Mishima (1925-1970), Felisberto Hernández (1902-1964), Eugene Ionesco (1912-1994), Alejo Carpentier (1904-1980), Clarice Lispector (1920-1977), Ray Bradbury (1920-2012), Juan Rulfo (1917-1986) y Marguerite Yourcenar (1903-1987).

Junín de los Andes: un pueblo en el paraíso

Muy temprano del lunes 29 agosto pasado, partimos de Gaiman junto a mi hermano Edgardo y Pamela, su pareja, hacia Junín de los Andes; así, durante una decena de horas y por la ruta 25, atravesamos transversalmente buena parte de la estepa chubutense, un enorme desierto apenas habitado por el frío viento de finales de invierno.

Tras una parada técnica en la localidad chubutense de El Hoyo, por fin ingresamos al Neuquén, haciendo antes breves pero ilustrativas recorridas por El Bolsón y Bariloche, donde la cordillera de los Andes comenzó a mostrarnos su majestuosidad tras las aguas del Nahuel Huapi. Debo decir que la ciudad elegida por los estudiantes secundarios para hacer sus viajes de fin de curso no me impresionó demasiado.

Siguiendo la interminable 40 llegamos a San Martín de los Andes. Los paisajes –plural porque a cada cientos de metros cambian, se modifican– de montañas y de bosques que le sirven de entorno a la ruta y a esa localidad neuquina netamente turística, son apabullantes por su hermosura e inmensidad.

En mi primer viaje a la región andina, me sentí verdaderamente conmovido y hasta intimidado por la belleza circundante, en la que a cada instante uno quiere detenerse y caminarla, tocarla, sentir con pies, manos y todos los sentidos esa maravillosa creación de la naturaleza, como si se tratase de un sueño placentero.

El paraíso al que un ateo como yo puede aspirar…

Mi segunda gratísima impresión en San Martín la causó el lago Lácar, limitado por montañas aún nevadas y teñidas del incipiente verde de los pinares. El casco céntrico de la localidad en sí misma no es más –ni menos– que un gran shopping a cielo abierto levantado a base de madera, piedra y vidrio, que bien podría haber diseñado Walt Disney, con todo el artificio alpino (sí, alpino) que eso conlleva. Con todo y a pesar de todo, un lugar de ensueño.

Seguimos viaje y, al fin, llegamos a destino: Junín de los Andes, en la precordillera andina, donde viven Edgar y Pamela. Allí nos instalamos en la cabaña de Alejandro, cuñado de mi hermano, quien nos prestó su propia casa para instalarnos cómodamente. A nadie extrañe: los juninenses, según descubrí en pocos días, son así cuando les toca ser anfitriones.

Junín es un pueblo con todo lo bueno que este sustantivo representa: gente unida por el trabajo, la solidaridad y la camaradería como pocas veces he visto y sentido; como los Sánchez, encabezados por Lolo y Dora –suegros de mi hermano–, los mejores anfitriones que un viajero puede desear.

También puede uno entrar en contacto con el pueblo mapuche y su cultura, sus creencias vinculadas a la tierra y, sobre todo, su devoción por la increíble araucaria, cuyos piñones –según dice la leyenda– logró salvarlos de una hambruna catastrófica.

Y, encima, rodeado por suaves serranías boscosas y por el paisaje cordillerano a pocos kilómetros de distancia, hasta donde la vista alcanza.

Mención especial merece el río Chimehuín, que bordea el pueblo hacia el Este y al que no me cansé ni creo que me canse nunca de bordear en una mañana soleada. Me dicen que cualquier época es buena para tomar mate en sus orillas y que en verano, cuando las temperaturas superan los 30 grados, se convierte en arbolado balneario que chicos y grandes aprovechan al bañarse en sus cristalinas y correntosas aguas.

Desde Junín, mi hermano nos hizo conocer distintos parajes ubicados a no más de una hora en auto –en el peor de los casos–, en los que volví a solazarme con la belleza agreste y, en algunos casos, nevada del alucinante paisaje que reina en el Parque Nacional Lanin, o con el Camino de los Siete Lagos, el Valle Encantado o el cerro Chapelco, donde nos sorprendió una agradable nevisca.

Aunque no está enclavado en plena cordillera, a pesar de que en la ciudad no hay mucho que ver más que sus tranquilas calles, la Plaza San Martín, sus numeras ferias artesanales, el decepcionante Museo Municipal Mapuche (un puñado de fósiles mal presentados) y las montañas en relativa lejanía, si bien carece de un centro de esquí –como algún amante de este deporte podría pretender–, Junín de los Andes es un lugar digno de visitar y, sobre todo por sus gentes, de vivir.

Publicado en Diarioregistrado.com

Diego Casas y otra mirada (fotográfica) sobre los 90

Otros noventa

Otros noventa es un álbum de fotografías de Diego Casas que publica Tren En Movimiento e intenta una mirada alternativa a los 90, aquella que parece tan lejana y que tanta similitudes tiene con la Metrópolis de Fritz Lang.

Mirada alternativa porque el ojo del fotógrafo no apunta a escenas ‘tradicionales’ de ese período sino que registra la resistencia de colectivos cuyas acciones, innumerables, breves y hasta minoritarias, reflejaron la rabia persistente de un sector de la juventud ante el saqueo y la destrucción.

En las fotografías seleccionadas para este libro, Casas hace foco en los movimientos anarquista y ecologista –en las variantes posibles– que durante esa otra década infame protestaron por temas como los derechos humanos, los derechos animales y los ecologistas.

Dejó de lado, adrede, las luchas piqueteras y de partidos políticos que marcaron a fuego esa época, quizá porque están suficientemente documentadas y, al mismo tiempo, hacer hincapié en el título que agrupa a estas imágenes.

Pueden verse, entonces, registros de acciones de ADN (Acción Directa Noviolenta), RAN (Resistencia Anti Nuclear), el Grupo de Apoyo al ALF (Frente de Liberación Animal), GAPLAH (Grupo Autogestivo Para la Liberación Animal y Humana) y bandas como Fun People, Os Mocos, Detenido Desaparecido, Cuervo Muerto, Autocontrol y otras.

Todos ellos agrupados o al menos hermanados en un destino común para el período de marras: luchar para la transformación “desde el simple lugar de reconocernos iguales todos y todas”, dice Diego en el texto de presentación del libro.

“Tratamos de hacerlo, como pudimos, con lo poco o mucho que sabíamos en esos momentos, con las pocas herramientas que nuestra pobre economía nos permitía, con letras escritas, con nuestros cuerpos”, añade. En su caso, además del cuerpo, la cámara fotográfica.

Un  detalle no menor pero que no empaña la fotografía del autor: la impresión del álbum no es la mejor posible para estos tiempos que corren…

Gaiman: un apacible valle galés en la estepa patagónica

Gracias a mi hermano Edgardo, a fines de agosto de 2016 tuve el placer de hacer un largo viaje por el sur argentino que incluyó, en primer término, la localidad de Gaiman, en Chubut, donde vive otro de mis hermanos, Guille. Allí celebramos su cumpleaños y el de su hija Ángeles.

Fundada en 1865, los primeros 153 galeses arribaron a la región a bordo del reconvertido velero Mimosa, en el sector de Punta Cuevas, desde donde –según cuentan los memorabilistas locales– enseguida hicieron ‘buenas migas’ con el pueblo aborigen del lugar, mayormente tehuelches, cuyos descendientes también viven hoy en la zona.

Gaiman es –como puede observarse en el vídeo que ilustra esta breve nota– una localidad apacible cuya vida social se centra mayormente en los hogares de las familias de origen galés que todavía habitan el lugar, de ahí las calles semivacías que brindan un ambiente silencioso y tranquilo, barrido por la brisa seca que mueve serenamente los arbustos y las copas de los árboles.

El trabajo en las chacras agrícola-ganaderas que se levantan en los alrededores del casco urbano es la principal fuente de sustento de sus vecinos, donde se cultivan hortalizas y se crían ovejas y corderos destinados a la venta y al consumo. Famoso es en todo el mundo, como se sabe, el cordero patagónico, que tuve la suerte de ‘devorar’ en la casa de los Evans, suegros de mi hermano Guille.

Ubicada en el valle inferior del río Chubut, que la atraviesa, y a unos 15 kilómetros al oeste de Trelew, es ideal para estar allí un fin de semana con el objetivo de recorrerla casi en tu totalidad, como paso previo –por ejemplo– hacia Puerto Madryn, donde un mar inmaculadamente azul espera al viajero.

Es tiempo suficiente para ascender a los cerros que rodean a esta localidad de unos 4 mil habitantes, apenas, para observar desde distintos puntos y en panorámica el caserío; y probar –además del delicioso cordero– el té y la también famosa torta galesa en alguna de las casas que abundan; o visitar Museo Regional Galés, en la vieja estación del Ferrocarril Patagónico, y el Museo Antropológico.

En Gaiman se mantienen todavía las costumbres y tradiciones de los colonos galeses llegados a la Patagonia a mediados del siglo XIX; de hecho, todos los años vienen de Gales turistas y estudiosos para escuchar hablar, de primera mano –o boca–, el galés original que muy pocos hablan en el país de origen.

¿Lo malo de Gaiman? Sacando que no es recomendada para quien busque ‘ruido’ nocturno/diurno, el verano, ya que –según me contaron– las temperaturas pueden superar los 30 grados pero no hay un sitio donde mojarse los pies, ya que el río Chubut no tiene balneario y, al parecer, no lo puede tener… Para remojadas refrescantes hay que ir directo a Madryn.

Un finde largo de finales de invierno o primavera parece ser el momento ideal para pegarse una vueltita por este paraje ubicado a 1.370 kilómetros de Buenos Aires.

Publicado el 16/09/16 en Diarioregistrado.com